jueves, 23 de junio de 2011

El corazón en medio.

Solo un par de fotos y le vienen a la mente decenas de imágenes pasadas. Imágenes que no son otra cosa que momentos vividos por ella. Gente y lugares sobretodo. Y, a ratos, algun remoto palpito de emoción. No la misma emoción que sintio en cada una de aquellos momentos, sino una especie de emoción global, por la suma de todos ellos. Es como si ojeara el álbum de otra persona. En muchas de esas imágenes ya no se reconoce. Tiene la triste sensación de ser ya sólo espectadora. Y piensa en lo intenso que vivió aquellos momentos y que ahora casi ya no le dicen nada, son solo una serie de fotogramas sin conexión que pasan rápido como  si alguien le hubiera dado a "forward". Alguna nota de nostalgia si acaso. La vida pasa demasiado deprisa para regodearse en el pasado, y eso que es su tendencia natural. Ella siempre dice que con una mano agarra "atrás", para que no se escape, y con la otra intenta alcanzar lo que esta delante. Y el corazón en medio, en el presente, viviendo cada momento, pero con Morriña (mayúscula palabra) del pasado y ansioso del futuro, tratando de encontrar su equilibrio. Siempre se ha tratado de eso.

Al final, la vida solo está hecha de momentos. Seguramente ya ni la recordaremos como verdaderamente fue, sino con las distorsiones propias entorno a cómo hubieramos querido que fuera.

Y ahora sigue aquí. en esta ciudad que no ofrecía demasiado. Solo tomando lo que la vida le trae en este instante y se pregunta a sí misma acerca de cómo aparecerán estas imágenes en su álbum futuro.

miércoles, 23 de febrero de 2011

El centro de uno.

Amanezco cada día con los rayos del sol en mi cara. Ya se pasó hace meses la época del viento y las lluvias torrenciales. Del baño húmedo y caliente al cruzar el portalón negro que me protege de "los malos". Salgo a la calle y miro a mi alrededor para asegurarme de que todo está bien.
Ya ha dejado de parecerme agradable esta ciudad, porque ya no me parece ciudad, me parece pueblo. La gente es de pueblo, y no es que tenga nada en contra de la gente de los pueblos, me refiero más bien a los comportamientos que se dan en los lugares donde el espacio es limitado y la gente vive con una oreja en la casa del vecino. Un motivo más para la asfixia.
Allá, en esa olla, hablo cada día con jòvenes que no llegan a los veinte y cuyas manos seguramente ya han matado, cuyas huellas aparecen en armas con las que se ha asesinado. No sé si me engañan, son hábiles y astutos, pero yo tengo la sensación de que disfrutan utilizando esas manos para otras cosas, me muestran orgullosos sus trabajos. Yo hago el mío con cierto temor, pero negándome a juzgarles, porque delante de mi solo veo a niños. Solo si me paro a pensarlo, siento una especie de miedo global, más que por mi misma, porque la situación explote. El miedo es no saber lo que puede suceder, y prefiero no darle vueltas. No son más que niños que jamás mirarán detrás de la colina, a los que su propia sociedad marca con una cruz. Una cruz pesada que arrastrarán sus más o menos largas vidas. Porque la vida, salvo en contadas ocasiones, es básicamene una cuestión de cuna.
Son casi seis meses. Mis equilibrios se rompen, mis planteamientos siguen en el tambor de una lavadora. De nuevo las decisiones racionales me parecen insuficientes y siento la necesidad de seguir intuiciones. Sola. Hacia adelante. Buscando dentro.

"La gente se cree que el centro de uno está en un lugar determinado, normalmente el lugar bajo sus pies. (...) Pero ese no es el centro auténtico de ti mismo, porque el centro no se te da cuando naces por casualidad, te lo ganas." AKRAM KHAN.

jueves, 27 de enero de 2011

Aventura de vivir.

Contra el miedo,
contra la obsesión por la seguridad,
no hay otro camino que el amor a la vida,
que la aceptación de los riesgos que son inevitables en la aventura de vivir,
que la certeza de preferir equivocarse de vez en cuando,de ser engañando alguna vez.

Todo menos autodisecarse,  todo menos dejar de vivir por miedo a que vivir sea doloroso.
Y estar seguro de que quien, por un entusiasmo, por una pasión, perdiera su vida,
perdería menos que quien hubiera perdido esa pasión, ese entusiasmo.
          José Luis Martín Descalzo.

martes, 28 de diciembre de 2010

...respuestas...

No entiende porqué y se le hace un nudo en la boca del estómago que hace que tenga ganas de llorar. Sabe que no tiene mayor importancia. Sabe que, en realidad, eso no es lo que quiere, y que con todo el camino que lleva andado, ya debería haber aprendido a que este tipo de cosas no le hicieran daño. Pero sí, en un sentido y en otro, cada mensaje, cada llamada, cada silencio, sobre todo cada silencio, la llenan de impotencia por no entender. Porque está convencida de que las cosas podrían ser más sencillas si fuéramos honestos y pusiéramos las cartas boca arriba sobre la mesa. Sabe a ciencia cierta, que él jamás será para ella y que ella, en cualquier caso, nunca sería feliz a su lado. Lo sabe desde hace años, desde antes de conocerle de esta manera y, sin embargo, se empeña en oirlo de su boca. Necesitaba oirlo.

Pero quizá las respuestas que vino buscando, las explicaciones que creía pendientes y que no le dejaban sentirse libre del todo, ya las conozca desde hace meses. Quizá ya ni siquiera importen. Qué mas da si él quiere verla o no, si esa posible conversación satisfaría su necesidad de comprender o la dejaría por semanas con una angustia todavía mayor. Quizá simplemente la dejara indiferente. Eso sí le parece improbable. Ella sabe que un encuentro la desequilibraría todavía más, pero estaba dispuesta a arriesgarse, porque necesitaba saber. Y no es conveniente, ha pensado de pronto. Sobre todo porque hacerlo, sería volver a destaparse, volver a ser vulnerable de nuevo y, sí, para qué, si ya lo hizo y en el fondo ya conoce las respuestas. Entonces se enfada consigo misma por ser tan ingenua y se promete que este año que empieza será diferente. Que ya no le dolerá más. Que  desde este momento ya no habrá cosas pendientes en su vida. Las acaba de zanjar, porque hace tiempo que ya tiene las respuestas. Aunque no salieran de su boca.

martes, 21 de diciembre de 2010

Siguanabas y lacón con grelos

Paso unos días tranquilos en casa. Qué lujo. En casa, en la mía. Bueno, en la mía no, que yo no tengo casa, en la de mis padres. Hace frío. Muchísimo frío. Yo ya no me acordaba de qué significaba eso de hacer frío, no vivo un invierno desde hace años. De hecho salí de El Salvador con un resfriado del quince, cagándome en el frío que hacía porque me tenía que poner chaqueta por las noches. Siempre nos quejamos de vicio. Aunque en realidad lo molesto no era el frío, era el viento, no se podía ni dormir por la noche del ruido que hacía. El caso es quejarse. Así que aterrizo en España en plan cebolla, porque obviamente no me llevé ropa de invierno a El Salvador en septiembre. Resulta que ni siquiera me llevé casi ropa de verano pensando en comprarme algo allá, y cuando llego, hay que ver, es la temporada de "invierno" y los zaras, pulls and bears y demás franquicias solo venden abrigos, botas y gorros de lana. De esta forma, a veintiocho grados, o en cuanto baja un pelín la temperatura, no es raro encontrarse a la mitad de la población salvadoreña sacando su ropa de estreno y con fachas tales como camiseta de manga corta con guantes y bufanda. Son las cosas de ese país que todavía no comprendo, como la puñetera manía de acelerar (e incluso cambiando de marcha) cuando ven a un peatón cruzando (lo cual no tiene ninguna gracia si tenemos en cuenta que los accidentes de tráfico son la primera causa de mortalidad en el país), o como lo de vender tabaco y sopas instantáneas en las farmacias, por no hablar de otras peculiaridades. Ironías guanacas.

viernes, 10 de diciembre de 2010

"Mis muertitos".

Comparto un reportaje fantástico que durante meses han estado haciendo unos amigos sobre la violencia extrema de las maras en este país. Lo triste es que no es una película de terror, es la pura realidad que viven cada día estos cinco millones de salvadoreños. 



Profesionalidad, valor y estómago hacen falta para llevar a cabo este gran trabajo. Enhorabuena. Y también a los medios que dan cabida a este tipo de periodismo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Pequeños temblores

Hay abrazos que nunca se dieron. Que se quedaron guardados en una cajita, con la intención de dejarlos libres algún día, pero ahí siguen, atrapados, nunca llegaron a salir y se quedaron mustios. Ya no valen. Si ahora se dieran, cosa improbable, serían otros. Hay abrazos contenidos, que se dieron, pero no como debieron ser dados. Se dieron como queriendo y sin querer al mismo tiempo, abrazos rotos. Por miedo a no poder despegarse nunca. Son esos abrazos que duelen, que dejan la piel entumecida. Hay abrazos que son sinceros, como si con el contacto físico estuvieras entregando una parte de tu alma, que atraviesa el pecho, que se zambulle en el otro. Hay abrazos......abrazos eléctricos. Que erizan el pelo, que dan calambre. Que llevan a más abrazos que envuelven todo el cuerpo... Hay abrazos rutinarios, como quien da la mano, o da dos besos. Abrazos que saludan. Esos ahora están muy de moda, son modernos.  Pretenden tener significado, pero en realidad están vacíos. Hay abrazos de llegada y bienvenida, abrazos de despedida, de despedida verdadera, de esos que sabes que quizás no volverás a dar, porque puede que no vuelvas a ver a quien los recibe. De esos he dado muchos. Algunos de ellos eran contenidos, otros sinceros, otros eléctricos. Pero todos dejan resaca. Retumba el alma y tiembla alrededor. Nace algo dentro y se queda para siempre. Temblando. Latente.