Él está cada día allí, no falta ni uno. En verano con un calor abrasador, insoportable, y en invierno también, cuando el frío es tan cortante que pierdes la sensibilidad en la piel. Él se sienta en la puerta de una oficina de un banco cerrado y empapelados sus cristales con publicidad en alguna plaza del centro de la capital. Agarra su bastón en una mano y en la otra un periódico guardado en una funda de plástico transparente. Posa sus ojos en algún lugar lejos, no sabría precisar bien dónde. Y allí se queda sentado mientras corre la vida, mientras cientos, miles de personas pasan a toda prisa a su lado cada día sin percatarse siquiera de su presencia. Silencioso, discreto, de mirada perdida. Yo también pasé tantos días a su lado, también deprisa, maldito pudor...
Pongamos que se llama Francisco, porque seguramente será tan español como tú y como yo, y, en realidad, aunque no lo dijeran sus papeles no tendría ni más ni menos derecho a serlo que otros que viven en España o en cualquier lugar del mundo, sin importar de donde llegara o como lo hiciera. Simplemente vive allí. ¿No es motivo más que suficiente como para pertencecer a un lugar? Francisco es ciego. Inmigrante, negro y ciego. Tres palabras que todavía provocan cierta incomodidad. Vende La Farola en la esquina de una plaza madrileña. Yo le veo allí sentado cada día desde hace dos años, la última vez que le vi fue el día antes de venirme.
Igual que Mister, que vende cinturones y paraguas en el portal de mi casa de Vigo. Yo le llamo así porque él me llama a mi Miss Pequeña y a mi madre Miss Grande. Y porque soy incapaz de recordar su nombre y, sin embargo, es uno de los que me reciben cada vez que regreso a casa con una sonrisa y un abrazo. Una vez le pregunté su nombre, luego se me olvidó y ya me dio vergüenza volver a preguntarle. Le conozco desde que tengo dieciseis años. Catorce años recibiéndome y no me se ni su nombre. Siempre hablo con él de tonterías, siempre las mismas conversaciones, él me pregunta qué tal en Madrid y yo le digo que muy bien, muy bien, y ahora unos días de vacaciones en casa con la familia. Y usted que tal? Muy bien, muy bien. Pero no me atrevo a preguntarle nada más. Maldito pudor, ¿no?
Cuando he estado fuera siempre me he sentido acogida como una más, siempre me han integrado y me han puesto las cosas fáciles. Aquí llevo un mes y me siento salvadoreña. Colombiana en Sincelejo, india, libanesa....Me he sentido de tantos sitios...Al final la identidad se conforma con las pequeñas cosas que te marcan cada día. Me pregunto si ellos se sentirán igual, no tendría por qué ser diferente. Siempre me acuerdo de ellos cuando estoy fuera.Es común preguntar por la vida de las personas que conocemos. Y a Francisco y a Mister les veo mucho más a menudo que al ochenta por ciento de mis amigos de Facebook, de los que, sin embargo, me mantengo al día de sus cosas importantes y de sus vanalidades también (sobre todo de sus vanalidades). De ellos no se nada y aún así les recuerdo a menudo. Supongo que es por pudor que no pregunto. ¿Por qué? En cambio, seguro que estarían encantados de compartir sus historias, o aunque sea una pequeña charla. A la mayoría de la gente le gusta charlar y contar de su vida, que los demás se interesen por lo de uno, siempre viene bien algo de desahogo. Ellos a lo mejor lo necesitaban más que cualquiera de los que somos asiduos de Facebook y colgamos chorradas en los muros cibernéticos de unos y de otros. Hay gente que está más cerca y...o no nos interesa, o no tenemos tiempo...O nos da pudor...Que curioso. Maldito, ¿no?
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