Y mientras pasan los días, no para de llover. Es como si el cielo se fuera a caer sobre nosotros. Lluvia tropical que golpea violentamente nuestros cuerpos, que inunda calles y que canta canciones en español con acento suave y arrastrado.
Pasan los días y, cada uno que pasa, encuentro más mi espacio y me siento más parte de esta ciudad de apariencia equívoca. Dulce y violenta. Sencilla y enrevesada.
Pasan los días y cada uno trae algo diferente. Clown el La Luna, jazz taiwanes en el Teatro Nacional, salsa en La T, cine francés en el MUNA, sushi y brownie con helado de vainilla, documentales sobre la historia de El Salvador en el Museo de la Imagen y la Palabra, Flor de Caña en el Leyendas, libros y más libros en la maravillosa librería de la UCA, pupusas en Antiguo, malabares y vendedores de todo en cualquier semáforo....Pero sobre todo, ratos largos con mi nueva familia. Pasan los días y, cuando me meto en la cama para hacer recuento, siempre ha habido algo especial, siempre ha entrado una nueva persona en mi vida.
En esta ciudad no puedes caminar por la calle. Sin embargo, algo en ella te atrapa hacia el centro, te envuelve y te lleva. Me pareció una ciudad vulgar los primeros días. Qué equivocada. Esta es una de esas ciudades a las que hay que darle un poquito y te devuelve el doble.
Pasan los días y la lluvia de este otro cielo se hace más fuerte. A veces hay que alzar la voz y agudizar el oído para poder tener un conversación. Pero aquí la vida sigue, como quien no quiere la cosa. La luz de los semáforos se refleja en el suelo por las noches en las calles fantasmas. Parece muerta, y en algún lado de la ciudad, todo está sucediendo.
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