Aún me resulta sorprendente a veces como la gente (yo misma incluso) llega a asimilar la violencia como algo natural en sus hábitos de vida. Recuerdo los primeros días en Beirut, cuando alucinaba con los edificios destruidos por la guerra o los tanques y el ejército en las esquinas de las calles. A los pocos días aquello apenas llamaba mi atención y ni me percataba de su presencia. Líbano es un lugar en alerta, el frágil equilibrio se puede romper en cualquier instante. Huele a guerra. Y en cambio jamás me sentí insegura. Aquí es bien distinto, queda olor a guerra, no en vano, apenas han pasado dieciocho años desde la firma de los Acuerdos de Paz. Y sin embargo, el olor a pólvora de aquellos doce años de lucha, se mezcla hoy con el de la pólvora sin ideología, sin base racional, el crímen y la violencia por situaciones de marginación social, de jóvenes olvidados, de una generación perdida. Las pandillas o como aquí se las llama, las maras. Jóvenes cuya esperanza de vida no llega a los 23 años. Y que por el camino acaban con las de otros.
Cuando vives rodeado de agentes de seguridad con rifles en cada esquina, cuando las casas particulares parecen fortalezas custodiadas por guardas armados y vallas de alambre electrificadas, los coches llevan lunas tintadas para que no se vea quien los conduce, cuando nadie camina por la calle, o nadie lleva relojes, anillos, collares o pulseras para no llamar la atención, cuando necesitas tener un taxista de confianza para que te lleve y te traiga desde y a la puerta de tu casa o a cualquier otro sitio al que te dirijas...Entonces sientes que te están robando un pedacito de tu Libertad. Eso me sucede a mi que acabo de llegar, pero supongo que la capacidad de adaptación del ser humano es tal, que hasta estas "precauciones" se convierten en visiones y actos naturales.
¿Es precaución razonable o paranoia colectiva?
Esa reflexión ha invadido mis pensamientos desde el momento en que llegué hace unos cuantos dias y encontré en la reja de entrada a mi urbanización un cartelón que reza "Por favor, antes de entrar dejen sus armas de fuego en la garita de vigilancia". Me pregunto hasta que punto le parecería normal a Gerardo, nuestro guardia de seguridad, que yo mañana llegara a casa de la oficina, desenfundara mi pistola y se la entregara, antes de salir la mañana siguiente de vuelta al trabajo y de nuevo se la pidiera para colocarla en mi bolso.
Esta mañana mi compañera y yo tomamos el bus equivocado del que nos bajamos en algún lugar, al darnos cuenta del error, no demasiado lejos de nuestro lugar de trabajo. Mientras, nuestros compañeros salvadoreños ya nos habían llamado tres veces y uno incluso había salido a buscarnos a la calle. O como anteayer en Apopa, cuando encontaron en el lugar donde se desarrolla el proyecto unas botellitas de agua mineral de medio litro rellenas con gasolina en medio de unos matorrales y diez minutos más tarde la policía allí estaba inspeccionando el terreno y las pruebas. En España, la policía te hubiera mandado a la mierda por paranoico. O como un conocido con el que tomábamos algo hace un par de noches y acercó a casa en coche a unas amigas suyas que vivían a dos cuadras del bar. Pues bien, en la siguiente hora y media regresó dos veces más al portal de las chicas para comprobar que todo estaba bien, porque la primera vez había un sujeto parado en la calle que al final resultó estar esperando el bus.
El Salvador es el país de América Latina que ostenta el triste primer puesto en el número de muertes violentas en proporción a su número de habitantes. El dato que leí recientemente hablaba de unas 15 personas diarias asesinadas en un país que no tiene más de 5.800.000 habitantes.
Sin embargo yo todavía no he percibido ni la más mínima situación de peligro. ¿Inconsciencia? ¿Desconocimiento? Así que, mientras intento hacer mis cálculos sobre cuanto hay en todo esto de precaución y cuanto de paranoia más o menos justificada, para planear el enfoque de mi vida en los próximos seis meses, y procuro tomármelo "tranquila" y actuar con la mayor normalidad posible, siguiendo algunas pautas de seguridad básicas. Claro que lo que para mi es normal no lo es para ellos. Y viceversa.
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